Toluca, Estado de México a 16 de Marzo 2026. – En la política, hay discursos que se repiten hasta desgastarse, y otros que intentan volverse acción. Bajo esa delgada línea camina hoy el PRD mexiquense, que en voz de su dirigente, Arturo Piña García, plantea una promesa que no es nueva, pero sí urgente: que los pueblos originarios no solo sean escuchados, sino que decidan.
Desde Toluca, en una reunión que reunió liderazgos indígenas y figuras del perredismo, el mensaje fue claro: la inclusión no puede seguir siendo simbólica. Porque reconocer derechos en papel, sin traducirlos en poder real, es apenas una forma elegante de ignorar.
Rogelio de la Rosa Barba lo dijo sin rodeos: las instituciones han aprendido a escuchar sin responder. Y en esa simulación, los pueblos han quedado atrapados entre la tradición que resiste y la política que promete. Su exigencia no fue retórica, sino directa: abrir las puertas no basta, hay que permitir el paso.
En ese contexto, el PRD plantea una ruta legislativa que busca algo más profundo que reformas: pretende modificar la relación entre el poder y la identidad. Javier Rivera Escalona adelantó que su bancada impulsará iniciativas para garantizar que integrantes de comunidades originarias puedan acceder a cargos de elección con respaldo jurídico real, no como concesión, sino como derecho.
La diputada Araceli Casasola fue más allá al señalar una verdad incómoda: los derechos que no se ejercen terminan siendo adornos legales. Por ello, insistió en temas que suelen quedarse en segundo plano: intérpretes en procesos judiciales, presupuestos con enfoque indígena y protección efectiva del patrimonio cultural.
Héctor Bautista López, con la voz de la experiencia, recordó que una democracia que excluye no es democracia, sino simulación. Y en esa lógica, la participación activa de los pueblos no es un gesto de apertura, sino una condición indispensable para la justicia.
Así, entre declaraciones y compromisos, el PRD intenta reposicionarse como interlocutor de las comunidades indígenas de cara a 2027. Pero la pregunta que queda flotando —como suele ocurrir en la política— no es lo que se dice, sino lo que realmente se transformará.
Porque al final, la historia ha demostrado que los pueblos originarios no necesitan que les den voz: necesitan que dejen de quitársela.



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