Toluca, Estado de México a 25 de Marzo 2026. – En un tiempo donde la prisa amenaza con vaciar de sentido las prácticas humanas, la formación docente se presenta como un acto de resistencia: pensar, aprender y mejorar no como obligación administrativa, sino como ejercicio consciente de transformación.
Más de 400 maestras y maestros del Subsistema Educativo Estatal concluyeron los cursos de preparación para los procesos de Promoción Vertical y Horas Adicionales en Educación Básica, impulsados por el Sindicato de Maestros al Servicio del Estado de México (SMSEM), bajo la dirección de Jenaro Martínez Reyes. Sin embargo, más allá de la cifra, lo relevante radica en el significado de este esfuerzo: la búsqueda de una mejor versión de sí mismos dentro de un sistema que constantemente exige, pero pocas veces invita a la reflexión.
Durante semanas, docentes frente a grupo, directivos y personal educativo dividieron su tiempo entre la enseñanza cotidiana y la preparación sabatina. Este equilibrio entre deber y aspiración revela una tensión propia de nuestro tiempo: la necesidad de avanzar sin perder el sentido de lo que se hace.
La capacitación, distribuida en 18 sedes a lo largo de las 14 regiones sindicales, combinó horas presenciales con trabajo autónomo. Esta modalidad no solo responde a una lógica práctica, sino que refleja una idea más profunda: el conocimiento no es algo que simplemente se recibe, sino algo que se construye en la soledad del estudio y en el encuentro con otros.
Al finalizar, las y los participantes recibieron una constancia con validez oficial para los procesos de la USICAMM y otros programas de desarrollo profesional. Pero más allá del documento, lo que queda es la experiencia de haber habitado el aprendizaje como posibilidad: mejorar ingresos, asumir nuevas responsabilidades o ascender en la estructura educativa son, en este sentido, consecuencias de un proceso más amplio de formación del sujeto.
En las Casas Sindicales, el SMSEM continúa ofreciendo estos espacios, entendiendo que la educación no se agota en el aula ni en la evaluación, sino que es una práctica constante de construcción de sentido.
Así, en medio de estructuras institucionales y procesos normativos, las y los docentes recuerdan que educar —y educarse— sigue siendo, en esencia, un acto profundamente humano.



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