Toluca, Estado de México, 9 de abril de 2026.- En tiempos donde el agua ya no es certeza sino pregunta, Toluca ha decidido responder desde la profundidad de su propia tierra. La entrega del pozo número 12, “Toluca VII” o Vicente Guerrero, encabezada por el alcalde Ricardo Moreno y acompañada por el secretario general de Gobierno, Horacio Duarte, no es solo una obra hidráulica: es un gesto político y una declaración de futuro.
Durante años, la ciudad vivió bajo la lógica de la dependencia, recibiendo del Sistema Cutzamala un caudal que parecía inagotable. Hoy, esa ilusión se ha reducido drásticamente —de 890 a 320 litros por segundo—, obligando a replantear no solo la infraestructura, sino la manera en que se concibe el acceso al agua. En ese contexto, perforar la tierra es también perforar una vieja idea: la de que el abastecimiento siempre vendría de afuera.
El nuevo pozo, con sus 300 metros de profundidad y un aporte de 35 litros por segundo, comienza a devolverle a la ciudad una parte de su soberanía hídrica. Beneficia directamente a colonias como Federal, Vicente Guerrero, Plazas de San Buenaventura y Morelos, pero su impacto rebasa lo inmediato: se inscribe en el Plan Hídrico 2025-2050, una ruta que mira más allá de la urgencia y apuesta por la permanencia.
Horacio Duarte reconoció en esta estrategia algo poco común en la política: la previsión. Antes de gobernar, Moreno ya pensaba en el año 2050, entendiendo que el agua no admite improvisaciones. En esa visión también hay un compromiso ambiental: dejar de presionar sistemas como las presas de Villa Victoria, Valle de Bravo y Zitácuaro, cuyos equilibrios naturales han sido llevados al límite.
A decir del propio alcalde, esta planeación es posible gracias a una administración eficiente, pero también a una ciudadanía que cumple. Así, el agua deja de ser solo recurso y se convierte en vínculo: entre gobierno y sociedad, entre presente y futuro.
Con 12 pozos en operación de una meta de 21, Toluca comienza a reconstruir su relación con el territorio. No se trata únicamente de extraer agua, sino de entender que, en cada litro recuperado, hay también una decisión: la de asumir responsabilidad sobre lo propio.
En el fondo, la ciudad parece haber entendido algo esencial: que la autosuficiencia no es aislamiento, sino conciencia. Y que, en tiempos de escasez, el verdadero progreso no está en tener más, sino en saber de dónde viene —y cómo se cuida— lo que se tiene.



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